Organizaciones, sociedad digital y resistencias

Este año he tenido la oportunidad de colaborar con organizaciones que enfrentan su proyección digital, su adaptación al nuevo escenario social en el que todo está conectado. Hablamos de organizaciones que han venido desarrollándose muy correctamente en su marco de actuación sectorial, territorial… y que hasta ahora no se habían planteado cómo enfrentar un entorno en el que los clientes demandan una relación directa o en el que la forma en que se ejerce cada uno de sus puestos de trabajo y su actividad general ha cambiado radicalmente. O, directamente, se han encontrado con que los puestos de trabajo que precisaban y en el sentido que los entendíamos, ya no existen.

Algunas veces el impulso para transformarse en una organización digital viene impuesto por el propio entorno. Clientes, alumnos, proveedores, embajadores de marca, profesionales… se encuentran ya plenamente instalados en la sociedad digital, no solo en términos de uso de nuevos servicios y herramientas, también en términos de cómo se relacionan, de los canales que utilizan y del tipo de comunicación y relación que demandan. No olvidemos que aún tenemos que aumentar nuestros índices de penetración de internet pero ya encabezamos rankings de compras en comercio electrónico.

Otras veces existe alguien que trata de promover el cambio. Personas implicadas y comprometidas que ven en la transformación digital un factor clave e inevitable para la continuidad de la organización.

Pero, y esta es solo mi experiencia, sea cual sea la razón por la que una organización se decide a enfrentar su transformación digital, siempre se encuentran resistencias. Especialmente en las organizaciones que pretenden aprovechar el cambio digital en todas sus dimensiones. Me refiero a aquellas que van más allá de convertirse en una organización que tiene Twitter o que vende on line.

Esas organizaciones, las que buscan un cambio inclusivo que no deje a nadie al margen, son ambiciosas. Buscan transformarse en algo más abierto, con mayor flexibilidad y con mayor capacidad para resolver problemas y dar mejores servicios a las demandas de nuestros días. Un cambio muy grande para algunas personas. Lo digital no solo nos obliga a abrirnos una cuenta en una red, nos obliga a más cambios.

Tengo ya algunas experiencias en las que una persona implicada y comprometida organiza un evento o una actividad formativa para acercar a un equipo, a un servicio o a una organización a lo digital, a sus recursos y posibilidades. Lo hacen con pasión, con compromiso y muy motivadas por el resultado final, por la posibilidad de que se den pasos adelante en el proceso de digitalización. Pero muchas veces el resultado no es ese. Siempre hay quien se mantiene firme frente al cambio, personas que se resisten a las posibilidades de la sociedad digital.

Tal y como suelo comentar con quienes promueven eventos y otras acciones, no es de extrañar. En general no es verdad que nuestros compañeros estén deseando cambiar sus modos de hacer e incorporar nuevas herramientas. Tenemos un saber hacer que nos ha traído hasta aquí, que nos ha permitido dar buenas respuestas en nuestros trabajos y sentimos todas estas propuestas como amenazas. O peor, hay muchas personas que sienten todo esto de la digitalización como una faena a evitar, algo que les obligará a cambiar sus hábitos y automatismos. Y lo que es más grave, muchas veces sienten toda su experiencia y su trabajo infravalorado.

Los profesionales no están deseando que llegue alguien a cambiar cómo hacen las cosas. Todo lo contrario, cuando hablamos de cambios tan grandes las personas se sienten amenazadas y cuestionadas y, creo, debemos asumir que esto es así. La sociedad digital exige de las personas un esfuerzo importante por hacer cambios de dimensiones considerables. Y muchas sienten esos cambios como claras amenazas a su saber hacer, a su posición o a su empleo. Sienten como que alguien les está diciendo que lo que hasta ahora les dio buenos resultados ya no tiene valor. Y si, el cambio es inherente al desarrollo. Pero la seguridad es una necesidad que buscamos satisfacer antes que otras.

Para mi la reacción no es distinta a la actitud que en su momento muchas personas tuvieron frente a los ordenadores personales o frente al móvil. Durante años he conversado con personas que ponían mil excusas para no usarlos, para evitar aquello que les cambiaría su forma de hacer, su forma de ejercer. Muchas de esas excusas sonaban ridículas, igual que hoy suenan otras.

Pero, para mi, esto no debe resultar desmotivante o sorprendente. Estas situaciones son comprensibles. Forman parte de nuestro trabajo. No siempre es fácil aceptar el cambio. Para muchas personas las consecuencias del cambio son importantes. Y, cómo señalaba, la tendencia del ser humano no es esa. Adquirir rutinas nuevas exige esfuerzo, constancia y un tiempo mínimo.

Lo mismo sucede con los departamentos que se encargan del capital humano en las organizaciones. Si, me refiero a los profesionales y a los departamentos de RRHH o Sistemas Humanos, como los denomina Ximo Salas. No están deseando que cambien las cosas. Es más, muchos viven aún en lo analógico. No sabría cuantificarlo pero de un tiempo a esta parte he ido conociendo algunas empresas muy importantes en la economía de Galicia que son casi completamente analógicas. Una de las últimas que he conocido tiene bastantes centros de trabajo en la comunidad, una plantilla grande y varios profesionales de recursos humanos. La empresa no les da acceso a internet a ninguno de ellos.

En estas condiciones es difícil esperar que una organización se digitalice y, en consecuencia, también es difícil que  lo haga el mercado laboral a pesar de que algunos insistamos en datos y más datos sobre el tema.

Eso si, no pararemos. Este es el escenario. Las resistencias forman parte del trabajo de transformación de las organizaciones a la sociedad digital, transformación que precisa del protagonismo de las personas. Y es lo que realmente quería decir, que las resistencias forman parte del proceso. Es nuestra obligación mostrar las posibilidades y oportunidades a quienes son más resistentes. Debemos mostrar argumentos de peso y resultar mínimamente asertivos, no esperar que las personas abracen los cambios por que si, por que toca o por que están muy de moda.

No siempre es fácil, pero el camino es de no retorno. Como dice Virginio Gallardo refiriéndose a los directivos, quien no lidere la digitalización está poniendo en serio riesgo a su organización. Las organizaciones que no cambien sufrirán. Y las personas serán profesionales digitales o, sencillamente, no serán.

 

Nota: La foto que encabeza el artículo es una propuesta de Damian Przybyla y Rafal Przybyla llamada Rascacielos Migrante. Se trata de arquitectos muy activos a la hora de generar ideas, reflexiones y propuestas innovadoras para a ayudar a enfrentar el futuro de la sociedad. Alguna vez he utilizado esta fotografía en mi trabajo porque me gusta la idea de añadir movimiento a la necesidad de estabilidad. Para mantener la estabilidad es necesario moverse. Una muy interesante reflexión directamente relacionada con cómo reaccionamos a los cambios profesionales.

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